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Guerras Vernir “El Señor de las Ratas” Capítulo 5; Nuevo comienzo


Un inquietante murmullo y una sensación de opresión acabaron por despertar a Vershir de su letargo. Había estado corriendo hasta desmallarse de cansancio, y aún se encontraba confuso y hambriento. De pronto, cuando sus ojos se adaptaron a la escasa luz del entorno, se encontró con varios hombres rata de pelaje negro a su alrededor. Vershir trató de levantarse y huir, pero no podía. Una rápida mirada le confirmó que le habían atado las zarpas y las patas a la espalda. Trató de abrir la boca, pero tampoco pudo, lo habían amordazado. Al percibir que el cautivo se despertaba, los seres que lo rodeaban tomaron sus rudimentarias armas hechas de basura y las apuntaron contra Vershir. Fornidos hombres rata de pelaje negro como la noche lo miraban con ojos brillantes llenos de cautela. Sus ropas eran andrajosas, poco más que harapos, tan sucias y desgastadas que no los querría ni un mendigo. A espaldas de los primeros, otros dos examinaban con curiosidad los libros del vernir blanco agitando las cubiertas de un lado a otro, giraban los cuadernos, lamían y olisqueaban para determinar si podía tratarse de algo comestible. Cuando sus compañeros les avisaron de que se había despertado, uno de ellos se levantó y apartó a golpes a los otros para sentarse enfrente de Vershir. Era más bajo que los otros hombres rata, pero poseía poderosos músculos y las numerosas cicatrices que adornaban su cuerpo delataba un pasado cargado de violentos enfrentamientos.

-¡¿Quién eres, a qué clan perteneces?! ¡Vamos, habla!-gritó el hombre rata mientras otro vernir corpulento le quitaba la mordaza cuando su compañero le planteó la pregunta a Vershir. Este se tomó un momento para meditar su respuesta, pero la bofetada que le propinó su retaco atosigador le indicó que no precisaba de ese tiempo, por lo que optó por lo que consideró la opción más segura.

-Soy Vershir, del clan Nathisar.- expuso Vershir con cierto orgullo al pronunciar el apellido de su maestra. Todo lo que recibió fue un puñetazo en la boca del estómago haciendo que un sabor amargo y una sensación de ardor viajase hasta el paladar del hombre rata blanco.

-¡Mentiras! Dime la verdad ¿Qué clan es ese? Nunca he oído hablar de ellos. ¿Y qué son estas cosas que traes? No es comida.-

-No estoy mintiendo. No nos conoces porque solo quedo yo.-aquí Vershir hizo una pausa mientras trataba de poner en orden sus caóticos sentimientos.-Estoy solo.- confesó Vershir casi al borde de las lágrimas. Justo cuando estaba a punto de recibir una nueva ronda de puñetazos y zarpazos una inesperada ayuda frenó a sus agresores.

-Espera Zivziq, lo llevaremos ante el jefe. Si alguien lo va a juzgar es él.- espetó otro hombre rata negro. Este era más alto que el que interrogó a Vershir. Su hocico estaba atravesado por unas feas cicatrices de zarpazos que iban desde sus labios partidos hasta la frente del hombre rata, dejando evidente la causa de su ceguera en el ojo izquierdo.

Tras un breve intercambio de gruñidos, bufidos y alguna exhibición de dentelladas al aire entre Zivziq y el hombre rata tuerto, uno de los guardias golpeó a Vershir en la nuca, noqueándolo.

Cuando se despertó de nuevo, con sus ataduras aun impidiéndole el movimiento,  se vio de rodillas en el centro de una ancha cámara, probablemente una cisterna en desuso, pero llena a rebosar de hombres rata. Debía haber medio centenar, por lo menos. Todos de pelaje negro. Lo cual resultaba una escena un tanto fantasmagórica por todos los de pares de ojos brillantes que lo observaban en la oscuridad. Los hombres rata más cercanos a Vershir debían de ser los que le capturaron antes. A pesar de la escasa luz, pudo percibir las siluetas de crías vernir curioseando y siendo arrastradas por sus madres tras las espaldas de los demás. Los murmullos y cuchicheos de los presentes fueron acallados cuando una poderosa figura entró en escena.

Como por instinto, los ojos de Vershir siguieron la dirección que marcaban los hocicos de todos los presentes. Sentado en lo que aparentaba ser un trono hecho de chatarra y desperdicios, rodeado de hembras, había un corpulento hombre rata de pelaje negro. Portaba lo que parecía una armadura ennegrecida hecha de jirones de piel de criaturas desconocidas y restos de huesos. En su zarpa derecha descansaba una oxidada cimitarra de hoja oscura que no reflejaba la luz. Su mera visión bastó para amedrentar a Vershir. Confiaba en la fuerza y conocimientos mágicos que le proporcionó su querida maestra, pero escapar de ese vernir en concreto, se le antojaba harto difícil, y más aún cuando tenía todo un ejército de hombres rata a su alrededor. Entretanto el hombre rata blanco maquinaba su huida, el musculoso jefe guerrero alzó la voz.

-Mi nombre es Rhonkel, jefe del clan Ceniza Negra. Me han dicho que tu nombre es Vershir, del clan Nathisar. ¿Es eso cierto?- bramó Rhonkel haciendo énfasis en su pregunta.

-¡Sí!- respondió rápidamente Vershir casi chillando por los nervios en respuesta a la pregunta, pues lo último que quería era incurrir en la ira de semejante ser. Una colmilluda sonrisa se formó en el rostro del jefe del clan, eso no tranquilizó al ya de por sí acobardado cautivo.

-Entonces dime, Vershir ¿Qué es eso de que eres el último de tu clan?- siseó el jefe vernir mientras inclinaba su poderoso cuerpo hacia delante. El tono de su voz revelaba su incredulidad así como una amenaza implícita. Vershir sintió que en caso de confesar y contarles la verdad solo desembocaría en que Rhonkel ordenase su ejecución inmediata, por lo que Vershir pensó a toda prisa en algo que le pudiese ser útil para zafarse unos minutos más de la muerte.

-E…Éramos solo tres: nuestra líder, una poderosa hechicera; yo, su aprendiz; y un…guerreo.- antes de poder continuar un conjunto de murmullos y cuchicheos interrumpió a Vershir. Todos los presentes parecían confusos ante su declaración. Rhonkel permaneció en silencio, con los ojos entrecerrados.

Bastó un latigazo de la poderosa cola de jefe sobre el suelo para acallar de forma casi instantánea las vocecillas de los hombres rata. De nuevo todos los hocicos se centraron en su imponente presencia.

-Demuéstralo.- dijo el caudillo vernir de forma tajante.- Si de verdad eres un mago, quiero que me lo demuestres. ¡Haz magia, te lo ordeno!- rugió Rhonkel mientras los confundidos guardias que flanqueaban al hombre rata blanco lo incorporaban y le retiraban las cuerdas de las patas cumpliendo así con la inesperada orden de su jefe. Una vez libre, Vershir tuvo que hacer acopio de toda su destreza mental para suprimir la ansiedad que imperaba en su cuerpo y hacía que le doliese el estómago y le latiera la sien. Si intentaba atacar a cualquiera dentro de la audiencia, moriría. Si no le gustaba la exhibición al caudillo vernir, moriría. Si no era lo bastante rápido como para poder huir a través de las apretadas filas de guardias que lo rodeaban, ahí sí que era seguro que moriría. Eso tampoco le ayudó a tranquilizarse.

Viendo los numerosos charcos del suelo, supo que podía intentar uno de los primeros trucos que con gran esmero le enseñó Argeoris. El hombre rata cerró los ojos, dejó a su mente divagar y aislarse del mundo. El ruido de los chillidos de los hombres rata de debilitó a medida que su concentración crecía. Proyectó su mente, su energía mística, hacia el agua de los charcos y esta se revolvió a su voluntad. La sala se quedó en silencio cuando numerosas esferas de líquido se levantaron lentamente del mohoso suelo, juntándose una tras otra en una gran esfera central en las manos de Vershir. A pesar de la naturaleza líquida del agua, esta no se derraba, sino que la esfera crecía conforme las gotas de líquido se sumaban a su interior. En ese momento, el hombre rata blanco abrió los ojos y la esfera de líquido se retorció sobre sí misma para tomar otra forma. Se estiró hasta parecer una lanza, pero antes de poder empuñarla, la superficie de esta empezó a desestabilizarse desde las puntas hasta que aquella fuerza que obligaba al agua a obedecer desapareció y la estructura cayó formando una minúscula cascada sobre el lodo.

La sala continuaba en silencio. Pasaron unos instantes antes de que nadie hablase. Vershir comenzaba a preguntarse si su pequeño truco los había impresionado, o si debió emplearse más a fondo. Ese pequeño espectáculo había drenado considerablemente la energía del hombre rata, pero todavía le quedaban algunas reservas en caso de emergencia. Desde la posición en la que se hallaba Rhonkel se escuchaba una especie de bramido. Por un momento, Vershir pensó que el jefe vernir estaba furioso con él y había ordenado su muerte, pero las caras de estupefacción de los otros hombres rata le indicaban que ese tipo de comportamiento era en efecto anormal. No se trataba de un rugido de ataque, era una risa tronante. Rhonkel se estaba riendo.

-Un truco muy bonito, joven. Ciertamente eres un mago. ¿Qué más puedes hacer?-

-P…Puedo usar magia de curación.- respondió tímidamente. Al finalizar la frase percibió que los ojos de muchos de los presentes se ensancharon de sorpresa. Unos hombres rata desaparecieron del campo de visión de Vershir por unos momentos ante un movimiento de hocico de Rhonkel desde el trono. Al cabo de un rato, estos mismos regresaron trayendo en brazos a un vernir herido. El lastimoso hombre rata mostraba un montón de heridas y cortes recientes, por el olor a sangre fresca que asaltaba la sensible nariz de Vershir. Estaba toscamente vendado con trozos de tela tan sucios que era imposible determinar si tal estado provenía de las propias heridas o del antihigiénico entorno. Dejaron al moribundo a los pies del hombre rata blanco.

-Cúralo.- ordenó Rhonkel con similar severidad a la vez previa. Vershir asintió en silencio mientras reunía nuevamente sus energías mágicas restantes, pues la tarea que se aproximaba era ciertamente épica. De igual manera que su ama le enseñó en el pasado, las zarpas de Vershir entraron en contacto con el cuerpo del vernir y la energía sanadora pasó de un cuerpo a otro. Una a una, Vershir fue cerrando y cicatrizando los cortes y lesiones del hombre rata. Vertiendo el maná curativo, las supurantes lesiones se cerraron a gran velocidad, dejando solo unas cicatrices sin vello en su lugar. Semejante proeza dejó nuevamente a su público sin habla, pero esta vez su asombro era exponencialmente mayor. A medida que terminaba con unas lesiones y pasaba a otras, Vershir notaba cómo sus energías le abandonaban a ritmos alarmantes, sin embargo todavía quedaban zonas sin curar, por lo que respiró hondo mientras hacía una pausa y redobló sus esfuerzos, pero sus reservas de maná ya estaban bajo mínimos y empezaba a perder el control del hechizo y su visión se tornaba borrosa a medida que extraños destellos ocupaban su campo virual. En ese momento comprendió lo que tramaba Rhonkel. El desdeñoso jefe le estaba haciendo usar toda su magia con el fin de debilitarlo, por lo que así no presentaría una amenaza real para ellos una vez terminase de curar al vernir caído. Vershir rechinó los dientes con frustración mientras se daba cuenta de que solo estaba cavando su propia tumba bailando al son del jefe del clan, pero aun así no dejó de restaurar las heridas del vernir.

Para cuando por fin terminó, el hombre rata blanco casi se desplomó de cansancio. Creía que iba a morir allí mismo pues la cabeza le martilleaba, los ojos le dolían, el corazón le latía a toda prisa como si fuese a explotarle, el interior de su estómago era una fiesta y las extremidades le temblaban. Había excedido su límite, y lo extraordinario era que no hubiese perdido el conocimiento, pero su paciente se había recuperado y ya solo tenía unas cicatrices lampiñas donde antes estaban las terribles heridas supurantes.

-Debe guardar reposo, todavía no se ha recuperado totalmente.- advirtió Vershir, pudiendo para su sorpresa, articular una frase coherente. Rhonkel asintió lentamente mientras se llevaban al herido a los túneles perpendiculares.

-Vershir del clan Nathisar.- la tronante voz del líder vernir reverberó por la sala cuando este pronunció su nombre.- Has demostrado tus habilidades y como tal solo puedo ofrecerte una cosa. Desde ahora, el vernir que hay ante todos nosotros será recibido en este clan.- dijo mientras se incorporaba de su trono y abría los brazos como si recibiese a algún amigo. Los demás hombres rata parecían tan sorprendidos como el propio Vershir, pero dado que era una orden directa de su jefe ninguno osó protestar. Aunque algunos como Zivziq, entre otros, no parecían estar de acuerdo con la decisión de Rhonkel, pero ninguno tuvo el valor de objetar abiertamente.

-Desde ahora te alojarás en la madriguera de Strel. Él te buscará algo que hacer.- señaló Rhonkel al hombre rata tuerto mientras este se abría paso entre la multitud con la cabeza gacha en pose reverente hacia su líder. Vershir imitó a duras penas la reverencia que todos realizaron cuando el jefe se levantó de su trono seguido por su séquito de guardias y sus hembras. Cuando este abandonó la sala, los demás hombres rata se desvanecieron en las sombras con una velocidad y agilidad sorprendentes. El vernir tuerto se aproximó hasta Vershir, quien permanecía en el suelo, víctima de su exceso con la magia.

-Has tenido suerte cachorro, has esquivado a la muerte.- dijo Strel viendo cómo Vershir trataba de torpemente incorporarse. Ambos eran más o menos de la misma altura, y por el tono de su voz quizás incluso de edades cercanas, pero Strel era más robusto y exudaba el aura de un veterano.

-Supongo, ¿Y ahora qué?-

-De momento sígueme, y sé silencioso.- dijo echándose a la carrera a cuatro patas, Vershir tardó en procesar sus rápidos movimientos ratoniles, pero finalmente también echó a correr tras él. La forma en la que se movían era diferente a cómo Vershir había visto a los humanos. Los vernir eran rápidos, ágiles, precisos y sigilosos. Si no fuese gracias a su duro entrenamiento por parte de su maestra, quizás no podría mantenerle el ritmo a Strel por los serpenteantes túneles que constituían ahora su nuevo hogar, si podía llamarlo así. A pesar de la oscuridad reinante, los ojos de Vershir, como los de la mayoría de su especie, estaban dotados para la visión nocturna, pero como todos los vernir, dependían más del oído y del olfato que de la vista.

Pasando por unas cuantas intersecciones y subiendo por dos tuberías estaba la guarida de Strel. El techo era bajo, obligando a ambos hombres rata a permanecer a cuatro patas para poder avanzar por la estancia. Vershir no paraba de preguntarse de qué iba todo aquello, ni de dónde habían ido a parar sus pertenencias. Apenas llevaba ropa encima, se sentía cansado, vulnerable y atrapado con seres que podrían matarlo en cualquier momento, y sin saber por qué razón había sobrevivido.

-Puedes quedarte un tiempo aquí, pero yo que tú me buscaría otro sitio lo antes que puedas. A los vernir de este clan no les gustan los forasteros.- advirtió el hombre rata tuerto mientras apartaba un montón de suciedad putrefacta y restos de huesos con una pata para dejar al descubierto el frío y húmedo suelo que intuyó Vershir sería su sitio.

-Lo haré.- asintió Vershir casi gruñéndole a Strel, en respuesta los bigotes del hombre rata negro se curvaron hacia arriba mientras este dejaba escapar una ligera risilla. “Bien, bien, ten ese carácter y te ganarás el respeto del clan. Si no te matan antes” siseó Strel entre carcajadas mientras se deslizaba por el mismo agujero por el que habían entrado, Vershir, a pesar de lo cansado que estaba, lo siguió de cerca.



En la superficie, un hombre de rostro afilado se deslizaba de entre las sábanas de seda de una lujosa cama. Entre las arrugadas sábanas que cubrían el mullido colchón yacía una joven desnuda, su alborotado cabello color caramelo ocultaba su rostro. El hombre se puso rápidamente una bata y se acercó a una mesa próxima a su lecho. Sobre la mesa permanecía una botella a medio vaciar de vino tinto de Sespar. El hombre vació con gracia una parte el caro contenido de la botella en una copa y se lo llevó a los labios. El intenso sabor del vino deleitó a Jay mientras se giraba para contemplar cómo dormía preciosa la mujer. No en vano estaba en una de las habitaciones de lujo del cabaret Sensación, el mejor de toda Blessa. Su Señor permanecía en la habitación contigua junto a varias de las chicas, y a pesar de que los muros de las habitaciones estuviesen diseñados a prueba de ruido se percibía un ruido apagado al otro lado, lo cual advertía de la intensidad de la velada de su Señor.  Y a juzgar por el alboroto, su diversión distaba mucho de terminar.

Jay volvió a tomar un sorbo de vino mientras saboreaba su éxito. No solo su eminencia les había recompensado generosamente por sus servicios sino que en el momento de pagar los honorarios de los Purgadores solo tuvieron que abonar la mitad de lo esperado debido a que gran parte de ellos murieron en las cloacas. Lo mejor de todo es que las indemnizaciones a la familia corrían a cargo del Cuartel General de los Purgadores, no de quien los contrató, por lo que no hubo gastos adicionales y los beneficios totales se incrementaron. Incluso sopesó la idea de contratar a un grupo de matones privados para que no solo asegurasen la vida de Jeffry en su ausencia, sino que también lo vigilasen, es posible que pudiera obtener de él algo que presentarle al obispo y así ganarse su confianza. El movimiento en la cama centró de nuevo la atención de Jay y lo distrajo de sus ambiciones.

-Oh, ¿ya estás despierta? Entonces supongo que continuaremos un rato más.- declaró Jay mientras se terminaba la copa y la dejaba sobre la mesa. La mujer le sonrió y retiró las sábanas de un lado de la cama mientras Jay dejaba caer la bata al suelo.



Un goblin lanzó una estocada hacia su víctima, pero la espada corta de su presa se lo impidió y antes de darse cuenta una maza descendía de lo alto y le aplastaba el cráneo. Una fervorosa ovación acompañó la caída del goblin al sangriento suelo. Otros dos goblins trataron de ocupar el puesto de su compañero caído, cargando con sus lanzas para ensartar al objetivo por la espalda, pero este fue más rápido. Con la espada corta, el guerrero desvió la primera lanza y evitó la segunda mientras se retiraba dando un barrido con la maza. Sonidos de aplausos y de sorpresa resonaron a su alrededor. Las lanzas seguían presionando a su oponente a retirarse, pero pronto se encontró con un muro de piedra que le frenó. Los golbins sonrieron de alegría sádica ante su cercana victoria. En ese instante, el guerrero arrojó la espada corta hacia uno de los contendientes pero la  pequeña y escurridiza criatura no tuvo problema en evitar el proyectil, pero su compañero no tuvo esa suerte pues el guerrero aprovechó el momento para pisar la punta de la lanza del goblin y lanzar un golpe ascendente con la maza. El arma golpeó con furia la mandíbula inferior de la criatura haciéndole volar varios metros. Ante la perspectiva de un arma de mejor calidad, el otro goblin soltó su lanza y se dispuso a recoger la espada que el guerrero le lanzó anteriormente, pero no pudo avanzar más de unos metros antes de que su propia lanza le atravesase la espalda.

Una vez calló el último goblin, toda la gente de alrededor aplaudió en una ruidosa ovación. Titus recogió sus ensangrentadas armas de la arena y se dirigió a la primera puerta enrejada que se abrió. Una vez fuera, tomó las ganancias de su combate y se marchó. Había sido una pelea muy dura, él solo contra diez goblins, pero sobrevivió y había cobrado casi 10 monedas de plata por ello, una por cada goblin muerto. Si hubiera estado realizando una solicitud como Purgador seguramente le jabrían pagado la mitad o quizás menos. Para Titus eso era mil veces mejor que estar con los Purgadores porque tras la última misión apenas se le pagó con monedas de plata. Sabía que eso era debido a que era un rango tierra y que no tenía mucho derecho a quejarse por ello pero había sido gracias a él que habían encontrado la guardia de esa bruja. Fue su experiencia la que les condujo hasta su nido, a pesar de que su enemiga fuese indescriptiblemente poderosa y se viera obligado a batirse en retirada. ¡Pero regresó con refuerzos! ¡Él merecía ser recompensado por ello! Para colmo fue ese desgraciado vestido de negro el que se quedó con toda la gloria. Tanta fue su rabia que le partió la nariz al encargado del gremio solo para que un grupo de Purgadores de rangos superiores lo redujeran y lo echasen a patadas del cuartel. “Bueno, tampoco es que me fuese tan bien con esos malditos cabrones” musitó Titus mientras se incorporaba del banco y guardaba el dinero en su bolsa. Había sido un día de lo más ajetreado y necesitaba un trago, bueno con lo que tenía en la bolsa le alcanzaba para más de uno. 


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